Analectas Lunyu IX

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El Maestro apenas hablaba del beneficio, pero sí que lo hacía de los mandatos celestes y de la benevolencia.

Un hombre del pueblo de Dáxiàng dijo: “¡Qué grande es Confucio! Su saber es extenso y, sin embargo, su nombre no se ha hecho famoso por nada en particular”.
Cuando Confucio se enteró de esto dijo a sus discípulos: “¡Vaya! ¿qué es lo que yo haré para ser famoso? ¿Me tendré que hacer arquero? ¿O tal vez auriga? ¡A lo mejor me hago auriga!”.

Confucio dijo: “Los ritos prescriben que se lleve un sombrero ceremonial hecho de lino. Hoy día se lleva uno hecho de seda y, como éste es barato, yo también hago lo que hace todo el mundo.
Los ritos ordenan que la reverencia se haga antes de subir las escaleras del templo. Hoy día, se hace la reverencia después de haberlas subido. Esto es ostentoso y, por eso, yo continúo haciendo la reverencia al pie de la escalera, aunque esto suponga contrariar el hábito general.”

Confucio carecía totalmente de cuatro cosas: no tenía ideas preconcebidas, no se sujetaba a determinismo alguno, no tenía obstinación y no tenía ni un poco de egoísmo.

Una vez que Confucio estaba en Kuang tuvo razones para temer o su vida.
El Maestro entonces habló así: “Desde que murió el rey Wén, yo soy el depositario de la tradición.
Si el Cielo hubiera querido eliminar esta tradición, yo, que un día moriré, nunca hubiera llegado a comprenderla. Si, por el contrario, el Cielo no quiere eliminarla, ¿qué podrán hacer contra mí los hombres de Kuang?”

Un importante funcionario le dijo a Zîgòng: “Vuestro Maestro es un verdadero sabio ¡cuántas coas saber hacer!
Zîgòng respondió: “Es cierto que el Cielo le ha concedido muchos dones y que, por ello, ser acerca a la sabiduría y tiene muchas capacidades”.
Cuando Confucio se enteró de esto dijo: “¿Qué sabe de mí este hombre? Cuando era joven carecía de medios de fortuna, por lo que desarrollé muchas habilidades sin importancia. ¿Es que acaso el hombre superior debería tener todas esas habilidades? En verdad que no hace falta que tenga muchas”.
El discípulo Láo decía que había oído afirmar a Confucio: “Como no tenía empleo de gobierno me dediqué a las artes”.

Confucio dijo: “¿Por fortuna tengo yo sabiduría? Yo no sé nada pero, si un hombre humilde me pregunta sobre algo, aunque él sea tonto e ignorante, yo tomo la cuestión por ambos extremos y la examino hasta el fondo”.

Confucio dijo: “Ni llega el fénix, ni surge del río inscripción alguna ¡ya no tengo nada que hacer!”

Cuando Confucio veía a alguien que llevaba traje de luto o al que se le notaba en las ropas que era de alta posición o a un ciego, aunque fueran más jóvenes que él, se sentía en la obligación de levantarse y, si acaso tenía que pasar junto a ellos, lo hacía rápidamente.

Yán Yuan suspiró y dijo: “Cuanto más miro lo que el Maestro me enseña, más y más alto me parece; cuanto más intento penetrarlo, me parece más firme y, cuando lo miro ante mí, me parece que está detrás.
El Maestro enseña con orden y método y guía a los hombres con habilidad. Para ensanchar mi mente ha utilizado los textos, y para enseñarme el autocontrol, los ritos.
No soy capaz de dejarlo aunque quiera. A veces me parece que hay algo firme delante de mí, pero, si quiero seguirlo, me doy cuenta de que no hay forma alguna de hacerlo.”

Una vez que Confucio estaba muy enfermo, Zîlù mandó a los otros que actuaran con él como si fueran ministros y el Maestro un gobernante.
Cuando Confucio mejoró dijo: “¡Por cuánto tiempo me habéis engañado! ¿A quién engaño yo fingiendo tener ministros si no los tengo? ¿Le mentiría al Cielo?
Además ¿en los brazos de quién creéis que preferiría morir? ¿En los brazos de unos ministros o en los de mis queridos discípulos? Aunque es posible que no tenga un entierro de gran personaje, seguro que no expiraré sobre el camino.”

Zîgong dijo: “Si hubiera aquí una piedra preciosa, ¿sería mejor guardarla dentro de una caja o intentar venderla a buen precio?”. Confucio dijo: “¡Venderla! ¡Venderla! Pero… yo esperaría hasta que alguien ofreciera el precio pedido”.

En cierta ocasión el Maestro deseaba vivir entre las nueve tribus bárbaras.
Alguien le dijo: “Son hombres muy rudos, ¿cómo os arreglaríais para hacerlo?”. A lo que Confucio respondió: “Si un hombre superior viviera con ellos, les desaparecería la rudeza”.

Confucio dijo: “Yo volví de Wèi a Lû y rectifiqué la música y todas las odas encontraron su puesto apropiado”.

Confucio dijo: “Dedicarse, fuera de la casa, al servicio de los grandes y dentro de ella al de los padres y los hermanos, no osar ser descuidad en los asuntos referentes al luto y no emborracharse con licores son virtudes, pero yo no sé si las poseo”.

Confucio dijo de pie delante de un río: “¡Siempre corre así, no descansa ni de día ni de noche!”.

Confucio dijo: “Nunca he visto que nadie ame la virtud tanto como los placeres carnales”.

Confucio dijo: “El Camino puede compararse con la construcción de una colina; si para terminarla hace falta añadir un cesto de tierra y yo no lo añado, habré sido el causante de que se haya detenido sin acabarse. También puede compararse con los trabajos de nivelación de un terreno; aunque sólo se saque un cesto de tierra cada vez, el avance que así se produce se debe tan sólo a mí mismo”.

Confucio dijo: “Yán Huí nunca se hacía el perezoso cuando yo le mandaba algo”.

Confucio dijo de Yán Huí: “Siempre le veo avanzar, nunca detenerse”.

Confucio dijo: “Hay casos en los que una planta verdea pero no florece. Otras veces florece, pero no da fruto”.

Confucio dijo: “Tenemos que respetar a los que son más jóvenes que nosotros porque ¿quién sabe si en el futuro no serán ellos como nosotros somos ahora? Sólo cuando una persona ya ha cumplido cuarenta o cincuenta años y no se oye hablar de él es cuando podremos mirarle con menos respeto”.

Confucio dijo: “Se puede asentir a las palabras de advertencia, pero lo que vale es la corrección de lo que ellas advierten. Se puede estar satisfecho con los consejos amigables, pero lo que vale es el desarrollo de los mismos. Yo no tengo nada que hacer por alguien que asiente a las palabras de advertencia y que no se corrige o que oye con gusto los consejos amigables y no los pone en práctica”.

Confucio dijo: “Haz de la sinceridad y de la fidelidad tus fundamentos; no tengas amigos que no sean iguales a ti; no temas corregir las faltas que tuvieres”.

Confucio dijo: “El general de un gran ejército puede ser vencido y apresado, pero la voluntad del más común de los hombres no puede ser doblegada”.

Confucio dijo: “Se viste con un traje usado, guateado con simple cáñamo y, sin embargo, permanece al lado de personajes vestidos con pieles de zorro sin avergonzarse. ¡Éste es Zîlù”!
Le gusta todo,
No busca nada. ¿Qué hará que no sea bueno?
Zîlù repetía siempre las palabras de este poema. Confucio le dijo: “Para andar el Camino esto solo no es suficiente”.

Confucio dijo: “Cuando el año se vuelve frío, el pino y el ciprés son los árboles que no pierden las hojas”.

Confucio dijo: “Los sabios están libres de dudas, los benevolentes carecen de ansiedad y los valientes nunca tienen miedo”.

Confucio dijo: “Hay algunos con los que podemos estudiar pero que serán incapaces de continuar la andadura del Camino. Tal vez puedan seguir por el Camino, pero no podrán permanecer firmes en él y, en el caso de que permanezcan firmes, no podrán adaptarse a las circunstancias cambiantes”.

Una vieja poesía decía:
¡Cómo se mueven las flores del Tángdì!
¿Acaso no pienso en ti?
Y tú ¿no piensas?
Pero tu casa está lejos.
Confucio decía citándola: “El Camino no está lejos, pero no se piensa en él”.

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