Analectas Lunyu VII

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Libro VII

Confucio dijo: “Soy un transmisor, no un creador, soy uno que cree a los antiguos y que gusta de ellos, por eso me atrevo a compárame con el viejo Péng”.

Confucio dijo: “La identificación silenciosa de las cosas, el estudio sin reposo, el enseñar a los demás sin cansancio, ¿poseo yo estas buenas cualidades?”.

Confucio dijo: “Lo que más me preocupa es el deficiente cultivo de la virtud, que lo estudiado no se ponga en cuestión, que no se sea capaz de seguirlo los principios que se han aprendido y que lo malo no se pueda cambiar”.

Cuando el Maestro tenía tiempo libre, su actitud era agradable y alegre.

Confucio dijo: “¡Cuán grande es mi decadencia! Hace ya mucho tiempo que no sueño, como solía, que veía al duque Zhou”.

Confucio dijo: “Orientamos la voluntad hacia el buen Camino.
Agarrémonos a la virtud.
Armonicémonos con la benevolencia.
Descansemos en el arte.”

Confucio dijo: “Nunca he dejado de instruir a persona alguna, desde el hombre que me trae como pago un manojo de cecina sobre su espalda, hasta todos los que están por encima de él”.

Confucio dijo: “No descubro las verdades a quien no está deseoso de descubrirlas, ni hago salir de ninguno nada que la propia persona no quiera exhalar. Yo levanto una de las esquinas del problema, pero si el individuo de que se trate no puede descubrir las otras tres a partir de la primera, yo no lo repito más”.

Si Confucio comía al lado de alguien que estaba de luto, nunca lo hacía hasta la hartura.
Confucio nunca cantaba el mismo día que había llorado.

Confucio dijo a Yán Yuan: “Sólo tú y yo hemos alcanzado el punto en que, si nos llaman a ocupar un cargo, acudimos y, si no, permanecemos impasibles en la oscuridad”.
Zîlù dijo: “Maestro, ¿a quién escogeríais para ir con vos si tuvieras el mando de tres ejércitos?”.
Confucio respondió: “Yo no escogería a quien fuera capaz de atacar a un tigre sin armas, de cruzar un río sin barca o de morir sin pena. El que yo escogiera tendría que ir al asunto con toda solicitud y le gustaría hacer planes antes de poner algo en práctica”.

Confucio dijo: “Si fuera lícito andar a la búsqueda de riqueza, yo lo haría, aunque tuviera que convertirme en lacayo, pero si no lo fuera, preferiría ir detrás de todo lo que amo”.

Las cosas de las que más se preocupaba Confucio eran: el ayuno, la guerra y la enfermedad.

Cuando Confucio estaba en Qí escuchó la melodía Sháo y por tres meses no probó el sabor de la carne. Él mismo decía: “No creía que la música pudiera componerse hasta un tal punto de excelencia”.

Rân Yôu dijo: “¿Está el Maestro a favor del soberano de Wèi?”. Zîgòng le dijo: ¿Sí? Yo se lo preguntaré”.
Zîgòng entró hasta donde estaba Confucio y le dijo: “¿Qué clase de hombres eran Bóyí y Shúqí?”. Confucio respondió: “Eran dos hombres preeminentes en la antigüedad”. Zîgòng continuó: “¿Alguien protestó alguna vez contra ellos?”. Confucio respondió: “Persiguieron la benevolencia y llegaron a conseguirla, ¿cómo iba alguien a protestar contra ellos?”. Salió entonces Zîgòng y le dijo a Rân Yôu: “El Maestro no está a favor del soberano de Wèi”.

Confucio dijo: “Yo me complazco viviendo entre cosas sencillas, como son el tener arroz ordinario para comer, agua para deber y mi brazo doblado como almohada. Las riquezas obtenidas de formas injustas son para mí como nubes pasajeras”.

Confucio dijo: “Si se me dieran más años de vida, dedicaría cincuenta de ellos al estudio del Yìjing y así llegaría a no tener grandes faltas”.

Los temas sobre los que Confucio hablaba con frecuencia eran: las odas del Libro de la poesía, la historia y el mantenimiento de los ritos.

El duque de Shè preguntó a Zîlù acerca de Confucio y Zîlù no le respondió.
Confucio le dijo: “¿Por qué no le hablaste de mí de esta forma?: Confucio no es más que un hombre que, en su afanosa búsqueda se olvida hasta de comer y que, en la alegría de lo encontrado se olvida de sus sufrimientos y hasta de que se hace viejo”.

Confucio dijo: “Yo no nací sabiendo; a mí me gusta la antigüedad y en ella investigo diligentemente”.

El Maestro nunca hablaba acerca de sucesos extraordinarios, actos de fuerza, desórdenes o espíritus.

Confucio dijo: “Cuando somos tres los que marchamos juntos, los otros dos pueden ser mis maestros; de ellos tomo sus buenas cualidades y las sigo, mientras que evito las que tengan malas”.

Confucio dijo: “El Cielo produjo en mí la virtud, ¿qué mal me podría hacer Huán Tuí?”.

Confucio dijo: “Discípulos míos, ¿creéis que yo os oculto algo? Yo nunca oculto nada; a mis discípulos nunca les oculto nada de lo que hago. Éste es mi modo de ser”.

El Maestro enseñaba cuatro asuntos: literatura, conducta, fidelidad y veracidad.

Confucio dijo: “No me hace falta llegar a ver a un sabio, me bastaría con ver a un verdadero hombre superior.
No me hace falta ver a un hombre dotado de la máxima excelencia, me contentaría con conocer a un hombre que tuviera constancia.
Difícil será que tenga constancia el que nada tiene pero hace como si tuviera, el que está vacío y hace como si estuviera lleno y el que angustiado y oprimido hace como si estuviera en una situación fácil.”

El Maestro pescaba con caña, nunca con red y disparaba flechas a los pájaros, pero no a los que reposaban en las ramas de los árboles.

Confucio dijo: “Hay gentes que actúan sin saber por qué, pero yo no soy de ésos. Yo oigo mucho, selecciono lo mejor y lo sigo, veo mucho y lo recuerdo y, todo esto, supone una fase más elevada de conocimiento”.

Como era difícil abordar a las gentes de Hùxiang, cuando un muchacho de allí visitó a Confucio, los discípulos estaban dudosos sobre si sería o no conveniente admitirle entre ellos.
Confucio les dijo: “Yo admito que se me acerque la gente, pero no soy responsable de lo que hagan al marcharse, ¿por qué debería yo ser tan severo? Si alguien se purifica para venir a mí, yo le recibo limpio, pero no puedo garantizar su pasado”.

Confucio dijo: “¿Son las virtudes algo lejano? En cuanto quiero ser virtuoso, inmediatamente alcanzo la virtud”.

El ministro de Justicia de Chén preguntó si el duque Zhao conocía los ritos y Confucio le respondió: “Sí, conocía los ritos”.
Cuando Confucio se retiró, el ministro hizo una seña a Wúmâ Qí para que se adelantara y le dijo: “He oído que el hombre superior no toma partido, pero es posible que a veces sí sea parcial. El duque Zhao se casó con una mujer de Wú del mismo apellido que él y la hace llamar Mènzî de Wú. Si esto es conocer los ritos, se puede decir que no hay nadie que no los conozca”.
Wúmâ de Qí le contó esto a Confucio y éste dijo: “¡Qué afortunado soy! En cuanto comento errores los demás necesariamente lo saben”.

Cuando el Maestro estaba con alguien que cantaba, si cantaba bien le hacía repetir la canción y él mismo le acompañaba.

Confucio dijo: “Yo soy más o menos como los demás hombres en cuanto al conocimiento de los textos, pero aún no poseo la capacidad que tiene el hombre superior de poner en práctica lo que cree”.

Confucio dijo: “¿Cómo puedo atreverme yo a compararme con un sabio o con un hombre verdaderamente virtuoso? Puede decirse simplemente que me esfuerzo de continuo en llegar a serlo y que enseño a los hombres sin cansarme”. Gongxi Huá exclamó: “¡Esto es justamente lo que mis condiscípulos y yo no podemos aprender!”.

Confucio estaba gravemente enfermo y Zîlù pidió autorización para rezar por él. Confucio dijo: “¿Crees que es propio hacer esto?”. Zîlù respondió: “Sí, en el Libro de las elegías se dice: «Se ha rezado por ti a los espíritus superiores e inferiores»”. Confucio dijo: “Yo ya he rezado durante mucho tiempo”.

Confucio dijo: “La extravagancia lleva a la insubordinación y la parsimonia a la mezquindad, pero es mejor ser mezquino que ser insubordinado”.

Confucio dijo: “El hombre superior está satisfecho y compuesto, el hombre vulgar, en cambio, lleno de preocupaciones”.

El Maestro era suave y, sin embargo, digno, tenía autoridad, sin ser brutal, y era cortés, pero de una forma tranquila.

 

 


[1] Personaje de difícil identificación, algunos creen que es Lâo Zî, otros, que se trata de Péng Zu del supremo libro del taoísmo filosófico, el Zhuangzî.
[2] El duque Zhou, una de las figuras clave en el principio de la dinastía del mismo nombre y ejemplo de virtud perfecta.
[3] El Yìjing ( I Ching) o Libro de los cambios.
[4] Funcionario del Estado de Sòng. Enemigo de Confucio.
[5] Gobernante de Lû.
[6] Era inconveniente que se casaran dos personas del mismo apellido. Este príncipe lo hace, violado los ritos, y luego hace llamar a su mujer por otro nombre para ocultar la irregularidad.

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